Por un sistema de movilidad resiliente: reflexiones y propuestas para avanzar

Accidentes ferroviarios, cortes de carreteras a causa de episodios climáticos, suspensión de los servicios de cercanías y regionales en Catalunya… Expertos de la Escuela de Movilidad Sostenible escriben algunas ideas para avanzar hacia un sistema de movilidad más resiliente.
Por un sistema de movilidad resiliente: reflexiones y propuestas para avanzar
Tren de cercanías saliendo de la estación de Atocha, en Madrid. Foto: JACINTO ANDREU

Estamos consternadas y conmovidas por las tragedias de la pasada semana. Todo nuestro cariño y solidaridad para las familias de las víctimas y las personas afectadas; y todo nuestro reconocimiento a las muchas y buenas profesionales que han trabajado y están trabajando por atender y cuidar a las que lo han necesitado, reducir los impactos negativos y dar soluciones.

También preocupadas porque el ruido de la batalla partidista, los intoxicadores en las redes sociales, o los intereses de parte, puedan enfangar la necesaria reflexión y adopción de medidas que favorezcan el interés general. Y que tras una o dos semanas ocupando la agenda mediática, el tema se olvide hasta la siguiente crisis. Aportamos algunas ideas para intentar contribuir a que eso no pase.

La primera idea clave en torno a la que necesitamos un cierto consenso es que para mejorar nuestro sistema de movilidad no existe una fórmula mágica que podamos aplicar de hoy para mañana. Necesitamos acciones a corto, medio y largo plazo.

A corto plazo: acciones de choque para reducir las incidencias actuales, disponer de buenos planes de contingencia y mejorar la gobernanza del sistema. A medio plazo: reorientar a qué destinamos los recursos para reforzar los modos más eficientes y su uso, adaptarlos a episodios climáticos extremos y otras crisis, así como “dejar de echar leña al fuego” del cambio climático. A largo plazo: trabajar sobre la vivienda, el urbanismo y el modelo económico, para conseguir que podamos vivir bien sin tener que recorrer cada vez más kilómetros y a más velocidad.

Desde un punto de vista técnico hay un amplísimo consenso en que –bien diseñados, mantenidos y operados– los sistemas ferroviarios son el modo más seguro y eficiente para relaciones de movilidad en las que necesitemos desplazar a muchas personas. El tren ha de ser la apuesta en relaciones de larga distancia peninsulares, frente a alternativas como el avión. La espina dorsal que articule las principales relaciones regionales; e imprescindible para que puedan funcionar los entornos metropolitanos, a partir de buenos sistemas de cercanías (es imposible transportar el volumen de pasajeros que se requiere actualmente con autobuses, y mucho menos con coches privados).

Una prioridad absoluta debería ser contar con buenos planes de contingencia. Estos planes permiten estar preparados para dar respuesta a situaciones de crisis (como apagones, accidentes o episodios climáticos). Ayudándonos a clasificar la gravedad de un evento inesperado, la respuesta adecuada, los servicios alternativos, la coordinación entre los agentes, la comunicación que ha de realizarse, la salida de la crisis, los aprendizajes y mejoras que se derivan, etc.

Ante una crisis es clave actuar de manera pautada, evitando decisiones erráticas o contradictorias; e informar y comunicar adecuadamente a las personas que necesitan desplazarse en momentos de muchísimo estrés e incertidumbre. Y eso no se puede improvisar en el momento.

Otro gran reto al que no deberíamos renunciar (pese al cainismo y la confrontación que a veces imperan) es la mejora de la gobernanza. En la movilidad intervienen múltiples agentes con diversas responsabilidades (administraciones públicas de diferentes ámbitos territoriales y sectoriales; gestores de infraestructuras y operadores de servicios públicos y privados; trabajadores; usuarios…). Cabe encontrar mecanismos que permitan ir tratando las diferentes visiones e intereses; y, sobre todo, adoptar acuerdos que permitan funcionar de manera confiable mientras se siguen abordando las discrepancias. El peor momento para que afloren los conflictos es en medio de una crisis; no abordarlos tras esta es irresponsable.

España ya cuenta con una dotación muy importante de infraestructuras ferroviarias y viarias, especialmente las de alta velocidad y capacidad. Los retos actuales no pasan por la construcción de nuevas grandes infraestructuras, sino que están mucho más en mantener y mejorar lo existente, sobre todo en aquellos casos en que menos se ha invertido en décadas pasadas, como la red ferroviaria convencional. Esto exige cambios profundos en las inercias políticas y técnicas, en el establecimiento de prioridades y en los paradigmas a la hora de dimensionar y financiar las partidas de mantenimiento.

También es urgente incorporar de manera mucho más decidida que hasta ahora la adaptación ante episodios climáticos. Tenemos que revisar si los parámetros con los que hemos diseñado y construido las infraestructuras (p.ej. taludes o muros de contención) siguen ofreciéndonos márgenes de seguridad razonables ante episodios climáticos cada vez más extremos y frecuentes; reforzando aquellas que resulte aconsejable. También los protocolos de revisión y mantenimiento; así como los criterios y protocolos de operación de servicios de transporte en este tipo de eventos.

Además, tenemos que “dejar de echar leña al fuego” del cambio climático. El miércoles 28 de enero se celebra el día mundial por la reducción de las emisiones de CO₂, y es importante recordar que en España, si bien el conjunto de emisiones bajan (aunque demasiado despacio), las del sector del transporte siguen creciendo y aumentando cada vez más su peso, suponiendo ya un tercio del total.

A largo plazo, pero sin que ello implique que no debamos actuar ya, necesitamos transformar nuestro modelo territorial y económico. El conflicto respecto a si las personas trabajadoras podían acogerse o no a permisos retribuidos por la imposibilidad de acceder a sus centros de trabajo resulta ilustrativo.

Las actuaciones públicas han de servir al interés general y han de regular las acciones de los particulares. Desde esa óptica, vivienda, urbanismo, modelo económico y movilidad están profundamente entrelazados. No deberíamos diseñar nuestro sistema de movilidad para facilitar la voracidad de algunos intereses particulares respecto a la especulación con a vivienda o la des-localización de centros de trabajo. El objetivo coordinado de las diferentes políticas debería ser conseguir que podamos vivir bien sin tener que recorrer cada vez más kilómetros y a más velocidad.

Por último, es fundamental apuntar que el concepto ‘resiliencia’ también está en disputa. No se trata de que ante una perturbación nuestro sistema de movilidad pueda volver a funcionar tal y como lo hacía antes. Hablar de un sistema de movilidad resiliente implica la necesidad de transformarlo, para que pueda dar cada vez mejores respuestas en lo social, lo económico y lo ambiental.

David Balbás Alonso es arquitecto y experto en urbanismo, territorio, logística, transporte y movilidad. Vanessa Maxé Navarro es socióloga especializada en planificación de proyectos. Ambos son coordinadores de la Escuela de Movilidad Sostenible.

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