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Esta historia, escrita por Jake Bittle, forma parte de la serie de Grist ‘Unearthed: The Mining Issue’, que examina la carrera global por extraer minerales críticos para la transición hacia la energía limpia. La publicamos en español en ‘Climática’ como parte de la alianza ‘Covering Climate Now’, creada para ampliar la cobertura informativa sobre el cambio climático.
En la década transcurrida desde que el mundo se comprometió a combatir el cambio climático bajo el Acuerdo de París, los sistemas energéticos globales han experimentado una revolución. Estados Unidos experimentó un aumento de seis veces en la energía solar, y la energía eólica más que se duplicó. Y ahora hay más de 40 millones de vehículos eléctricos en las carreteras de todo el mundo.
Pero acabar con nuestra dependencia de los combustibles fósiles y adoptar esta nueva tecnología más ecológica requiere una enorme cantidad de metal.
Se necesita litio y cobalto para construir las baterías que alimentan los vehículos eléctricos y las bicicletas eléctricas, níquel y elementos de tierras raras para construir paneles solares y turbinas eólicas, y cobre para construir los cables que transportan la energía renovable desde los lugares soleados y ventosos donde se genera hasta las ciudades y fábricas donde más se necesita.
Cuanto más rápido nos alejemos de los combustibles fósiles, más desesperadamente necesitaremos estos metales y otros minerales llamados críticos. En una transición energética ambiciosa, la demanda global de ellos se cuadruplicará para 2040, según la Agencia Internacional de Energía. Eso significa excavar vastas minas a cielo abierto, construir nuevas refinerías potentes para destilar mineral bruto y abrir nuevas fábricas para fabricar baterías y turbinas.
Así como el siglo XX estuvo definido por la geografía del petróleo, el siglo XXI podría estar definido por la nueva geografía del metal, en particular, por líneas de suministro industrial enredadas que a menudo fluyen del mundo en desarrollo al mundo desarrollado y de regreso.
En su primer día en el cargo, el presidente de EE. UU., Donald Trump, firmó dos órdenes ejecutivas separadas que mencionaban los llamados minerales críticos, diciendo que el país los estaba extrayendo a un ritmo “demasiado inadecuado para satisfacer las necesidades de nuestra nación”. Desde entonces, ha intentado agilizar los permisos para proyectos mineros nacionales, al mismo tiempo que buscaba suministro en el extranjero, incluyendo en Groenlandia, que ha dicho debería estar bajo control estadounidense, y en Ucrania, con quien firmó un acuerdo el pasado mes de abril a cambio de apoyo en la invasión rusa.
Aunque Trump está dando todos los pasos posibles para obstaculizar el desarrollo de energía renovable, su fijación con estos recursos refleja una realidad innegable: la creciente necesidad mundial de minerales críticos tiene enormes implicaciones para la geopolítica, así como para la política climática y ambiental.
A continuación, Grist desmitifica los minerales críticos y la carrera para extraerlos. Esbozamos las formas en que el mundo actualmente extrae, refina y utiliza algunos metales clave que son esenciales para la energía renovable y los vehículos eléctricos. Poner orden en el caos mineral del mundo no será una tarea fácil, pero la lucha contra el cambio climático depende de hacerlo bien.
Los minerales
Un producto de energía renovable, como una batería de vehículo eléctrico o un panel solar, contiene docenas de minerales. Muchos de ellos no son difíciles de encontrar: el cobre, por ejemplo, que es un componente principal en cables de transmisión, se ha producido en masa en todo el mundo durante más de 100 años. Pero muchos otros necesarios para esta tecnología son mucho más difíciles de acceder, y gobiernos y empresas de todo el mundo están apresurándose para asegurar su suministro. Este es el panorama actual de cuatro de los minerales más críticos para la transición energética: litio, cobalto y níquel, que son componentes clave de las baterías de almacenamiento de energía, y elementos de tierras raras, que ayudan a alimentar turbinas eólicas.

Litio
El litio es esencial para la tecnología limpia porque puede contener enormes cantidades de energía, lo que lo convierte en la base ideal para las baterías que alimentan vehículos eléctricos y almacenan la energía producida por el sol y el viento. Aunque el elemento es algo común en todo el mundo, solo es rentable extraerlo en unos pocos lugares donde los depósitos son grandes y fáciles de acceder. Australia es, con mucho, el mayor productor mundial de litio, representando alrededor del 50% del suministro global. En 2021, la enorme mina de Greenbushes del país produjo alrededor de una quinta parte del litio bruto mundial. Los mineros han estado extrayéndolo en antiguas canteras de estaño en la costa suroeste del país desde la década de 1980, mucho antes de que fuera una piedra angular de la transición energética, cuando el metal se usaba principalmente en tecnología nuclear y para fabricar artículos como vidrio resistente al calor. El país ahora ve el litio como un sustituto clave de exportaciones amenazadas como el carbón.
Bolivia, Argentina y Chile conforman el llamado “triángulo del litio”. Estos tres países sudamericanos producen actualmente una cantidad relativamente pequeña del mineral, pero en conjunto poseen más de la mitad de las reservas probadas de litio del mundo. A diferencia de los recursos de roca dura de Australia, los depósitos en Bolivia se encuentran en el enorme salar de Uyuni, una maravilla ecológica que también es hogar del pueblo indígena aymara. El gobierno de izquierda del expresidente Evo Morales trabajó para transformar a Bolivia en un líder global en producción de litio y redistribuir los beneficios (un plan que su administración llamó “¡100% estatal!”. El actual presidente, Luis Arce, ha seguido promoviendo el desarrollo del sector. Pero los residentes de Uyuni han protestado durante mucho tiempo contra la idea, diciendo que les preocupan los impactos ambientales de la minería en el salar.
Las ambiciones de Estados Unidos de crear su propia cadena de suministro de litio descansan en gran medida sobre un desierto remoto en el norte de Nevada. El área, conocida como Thacker Pass, alberga uno de los depósitos de litio más grandes conocidos del mundo, con más de 40 millones de toneladas recuperables del metal. Una empresa llamada Lithium Americas está construyendo allí lo que será la mina de litio más grande del país.
El proyecto recibió apoyo tanto de las administraciones de Biden como de la primera de Trump, así como más de 600 millones de dólares en compromisos financieros de General Motors, que tiene los derechos exclusivos sobre el primer producto mineral de la mina. También generó protestas y demandas de tribus indígenas y ganaderos locales (esfuerzos que fueron finalmente infructuosos).
Cobalto
La República Democrática del Congo (RDC) domina la producción mundial de cobalto, otro ingrediente clave de las baterías de iones de litio. La RDC representa el 80% de la producción global de cobalto, pero China posee o tiene una participación mayoritaria en la gran mayoría de la infraestructura minera del país, que ha crecido rápidamente en los últimos años. Las operaciones mineras han desplazado a miles de personas de sus hogares, contaminado el aire con polvo tóxico de cobalto y vertido desechos peligrosos en ríos y arroyos. Según grupos de derechos humanos, las minas dependen en gran medida del tráfico de personas y del trabajo infantil.
Un dilema clave es que ningún otro país cuenta con reservas comparables de cobalto. La RDC contiene más de la mitad del suministro terrestre no explotado de este mineral en todo el mundo, el doble que Australia, que ocupa el segundo lugar. Los otros países con depósitos conocidos, como Rusia y Canadá, solo tienen suficiente suministro probado para cubrir aproximadamente un año de producción mundial de cobalto a los niveles actuales. Suponiendo que no se descubran grandes yacimientos en otros países en los próximos años, la ruta hacia una transición energética exitosa probablemente pasará por la RDC.
Sin embargo, las aguas internacionales podrían ser otra historia. La zona Clarion-Clipperton, una extensa franja del Océano Pacífico entre Hawái y México, contiene lo que quizás sean las reservas de cobalto más abundantes del mundo. El lecho marino de la región, a más de 3.000 metros de profundidad, alberga un estimado de 50 millones de toneladas de cobalto, al menos varias veces más que todo lo que se encuentra en la RDC. Pero incluso si la profundidad no fuera un factor, decenas de países han pedido una moratoria sobre la minería en aguas profundas, y en 2023 los miembros de la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos eligieron como líder a una persona crítica con dicha práctica.
Níquel
El níquel es el cuchillo suizo de los minerales de la transición energética: se utiliza no solo en baterías de vehículos eléctricos, sino también en paneles solares, turbinas eólicas e incluso en la producción de hidrógeno verde. Afortunadamente, los suministros de este metal están mucho más distribuidos por el mundo que en el caso del litio y el cobalto. Diversos países, desde Rusia hasta Australia, Brasil o Indonesia, cuentan con enormes recursos de níquel, e incluso pequeños estados insulares, como el territorio francés de Nueva Caledonia, poseen grandes cantidades del metal. Como el níquel se ha usado durante mucho tiempo en acero inoxidable y otras aleaciones, hay muchas más minas maduras y listas para operar que en el caso del cobalto.
Indonesia, el cuarto país más poblado del mundo, representa actualmente la mitad de la producción mundial de níquel. El país ha estado extrayendo el metal desde que era una colonia neerlandesa a principios del siglo XX. Aquí, como en otros lugares, la naturaleza global de la cadena de suministro ha generado tensiones políticas: el país depende de China para refinar su mineral de níquel en bruto e invertir en su infraestructura minera. En un intento de reducir esta dependencia, Indonesia impuso una prohibición a la exportación de mineral de níquel en bruto en 2020, obligando a los productores a invertir en fundiciones dentro del país.
Brasil alberga algunos de los mayores depósitos de níquel no explotados del mundo, pero la inestabilidad política ha hecho incierto el futuro de este recurso. Al igual que Estados Unidos, el país ha oscilado entre líderes de izquierda y de derecha con políticas ambientales radicalmente distintas. El actual presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, se ha presentado como un ferviente defensor de la selva amazónica y de las causas ambientalistas, a diferencia de su predecesor conservador. Sin embargo, parece estar acercándose al gigante industrial Vale, que espera invertir miles de millones de dólares en expandir la minería de cobre y níquel.
Tierras raras
Los llamados elementos de tierras raras son esenciales para la energía eólica moderna. Son componentes clave de los imanes ultrapotentes y duraderos a través de los cuales las turbinas generan electricidad. Aunque estas sustancias no son tan raras como se pensaba cuando se les dio ese nombre, más de la mitad de la producción global se concentra en China, que domina por completo la cadena de suministro de tierras raras. El país lleva décadas extrayendo estos elementos, incluyendo en enormes minas a cielo abierto en regiones del interior como Mongolia Interior. En la provincia de Jiangxi, que vivió un auge de tierras raras en los años 90 durante el primer boom tecnológico, las operaciones mineras arrasaron bosques y dejaron piscinas de aguas residuales contaminadas.
China está lejos de ser el único país con grandes reservas de tierras raras, pero los otros países que también las poseen aún no han comenzado a explotarlas seriamente. Tomemos a Vietnam como ejemplo: el país tiene 22 millones de toneladas de tierras raras bajo tierra, alrededor del 20% del suministro mundial conocido y suficiente para construir millones de turbinas eólicas, pero en 2023 produjo apenas 600 toneladas, mismo año en que firmó un acuerdo con Estados Unidos para desarrollar el sector. Con escándalos de corrupción que implican a altos cargos de las autoridades mineras nacionales, Vietnam no parece estar en posición de convertirse pronto en una alternativa seria a China.
El presidente Donald Trump parece tomarse en serio la idea de intentar adquirir Groenlandia de Dinamarca. El aparente objetivo de esta ofensiva diplomática sobre el territorio ártico era asegurar un puesto militar estratégico, pero la compra también tendría el efecto añadido de dar a Estados Unidos acceso a una de las mayores reservas no explotadas de tierras raras del mundo. La Unión Europea y China también han puesto el ojo en esas reservas.
La cadena de suministro
La roca en bruto que los mineros extraen del suelo en lugares como Australia o Indonesia está apenas al inicio de su vida útil, y queda un largo camino antes de que pueda hacer girar una turbina o arrancar un vehículo eléctrico. Una vez que un trozo de mineral de litio, por ejemplo, sale del subsuelo, debe someterse a un complejo proceso de refinado para convertirse en un conductor de electricidad adecuado, y luego viajar a una fábrica donde pueda integrarse en un paquete de baterías. Estos procesos de refinado y fabricación casi nunca ocurren en el mismo lugar donde se extraen los minerales, lo que crea una especie de juego global de la papa caliente.
Refinado
En su forma rocosa y bruta, minerales como el litio y el níquel son inútiles para la transición energética. Para convertirse en componentes de baterías para vehículos eléctricos o turbinas eólicas, deben refinarse a sustancias más puras, a menudo mediante procesos de fundición intensivos en energía. Este es el mayor cuello de botella de la transición energética mundial: prácticamente todo el metal extraído, ya sea en Indonesia o Canadá, debe viajar a China para ser refinado. El país controla el 90% de la capacidad mundial de refinado de tierras raras, alrededor de dos tercios de la de litio y cobalto, y aproximadamente un tercio de la de níquel.
¿Por qué China domina tanto el refinado? Es simple: lleva ventaja. El Estado chino reconoció tempranamente que los minerales críticos serían clave en un futuro con menos combustibles fósiles, y durante décadas ha invertido miles de millones en la construcción de nuevas refinerías, ignorando preocupaciones ambientales que llevaron a otros países a externalizar plantas industriales. Además, invirtió en la producción primaria de estos minerales en países en desarrollo a través de su iniciativa de infraestructura de un billón de dólares conocida como ‘la Franja y la Ruta’, lo que le permitió integrar verticalmente toda la cadena de suministro para ciertos minerales.
Mientras sus relaciones con China se deterioran, Estados Unidos ha hecho intentos vacilantes por construir su propia red de refinerías de litio, pero el avance es lento. Gracias al carácter proteccionista de sus políticas climáticas (la Ley de Reducción de la Inflación restringe los subsidios a vehículos eléctricos fabricados con materiales producidos y refinados en EE. UU.) toda la transición energética del país depende, en parte, de que estos proyectos salgan adelante. Hay algunas iniciativas importantes en marcha, como Stardust Power, una refinería de litio de 50.000 toneladas que se está construyendo en Oklahoma. El estado también ha asegurado proyectos de refinado de cobalto, níquel y tierras raras, pero todos ellos requieren importantes subvenciones estatales y federales: Stardust es elegible para recibir unos 257 millones de dólares en subsidios, casi una cuarta parte de su coste total de 1.000 millones. Si eso será suficiente para refinar todo el litio que necesita EE.UU. es aún una incógnita.
Fabricación
El esfuerzo más prometedor para que Estados Unidos compita en la cadena de suministro de minerales puede no ser una mina, ni una refinería, ni una fábrica, sino una planta de reciclaje. La startup Ascend Elements abrió en 2023 su primera gran instalación de reciclaje de baterías de iones de litio en Covington, Georgia. Cada año, esta planta tritura paquetes de baterías equivalentes al litio contenido en 70.000 vehículos eléctricos usados, y utiliza una solución líquida para transformar el polvo resultante en nuevo material catódico. Si este enfoque logra escalar sustancialmente, podría reducir la dependencia estadounidense de la compleja cadena minera global.
Aunque el refinado es la gran ventaja de China, el país también es un actor dominante en la fabricación de baterías, automóviles y turbinas eólicas, los sectores industriales finales para todos los metales que se extraen en el mundo. Los aranceles han impedido que los principales fabricantes chinos de automóviles se impongan en Estados Unidos, pero la marca asequible BYD (BuildYourDreams) ya representa alrededor del 15% del mercado global de vehículos eléctricos y ha superado a Tesla como la marca más vendida del mundo. En energía eólica, el dominio es aún mayor: China produce el 60% de las turbinas eólicas del planeta.
El hecho de que una de las mayores fábricas de Tesla esté en Alemania, a miles de kilómetros de las minas y refinerías de litio, es una clara demostración de una ironía clave del desarrollo global: los países ricos como Estados Unidos y Alemania se esfuerzan por conservar los empleos bien remunerados de manufactura pesada, pero ahora dependen del mundo en desarrollo para los minerales que alimentan esos sectores.




