El transporte en la era del clima extremo: toca repensar la movilidad

El accidente del tren de Rodalies en Barcelona y el último desprendimiento en Sant Feliu son ejemplos de una realidad incómoda: la ansiada movilidad baja en carbono no es suficiente con infraestructuras poco adaptadas a la nueva realidad climática.
El transporte en la era del clima extremo: toca repensar la movilidad
Trenes fuera de servicio tras el accidente de Rodalies en Barcelona. Foto: Marc Asensio vía Reuters Connect

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Este reportaje se publicó inicialmente en la revista La Marea 110. Puedes conseguirla aquí.

Sin contexto, de forma aislada, el accidente del tren de Rodalies que circulaba cerca de la estación de Gelida (Barcelona) puede catalogarse como una simple fatalidad. Pero en la era de la «ebullición climática», término que utiliza António Guterres, secretario general de las Naciones Unidas, para referirse al nuevo mundo en el que vivimos, la caída de un muro de contención sobre las vías el pasado 20 de enero en medio de una intensa borrasca (la segunda en un mes) es el síntoma de una movilidad social –que abarca a todos los medios de transportes– atravesada y resquebrajada por los impactos de una cantidad inédita de eventos extremos que, según la ciencia, irán a más.

Horas antes, en Girona, a menos de 100 kilómetros del accidente del tren de Rodalies, un panadero de 63 años se vio sorprendido por el aumento del caudal de un río en plena jornada laboral. El agua arrastró su furgoneta. No pudo escapar. Lo mismo ocurrió con muchos automovilistas el día de la trágica dana de València. La hemeroteca da cuenta de una mecánica –vehículos sorprendidos por inundaciones repentinas– cada vez más frecuente. En los últimos días de 2025, tres hombres –dos trabajadores que viajaban en una furgoneta y un motociclista–, fallecieron en Andalucía por otra destructiva riada. 

Dice la escritora, poeta y periodista Azahara Palomeque: «Quieren que todo funcione igual, pero en plena emergencia climática. La cosa no va así: el maquinista muerto de Rodalies se topó con el temporal; la dana obedece al calentamiento del Mediterráneo. Vendrán más desgracias: algunas por mala gestión, y otras por no saber escuchar a la ecología».

El movimiento social y político que defiende la protección de la naturaleza y el medio ambiente viene alertando desde hace años de que nos enfrentamos a una crisis sistémica que va mucho más allá de una sustitución tecnológica, de reemplazar la energía fósil por la energía renovable. Un planeta por encima de 1,5 ºC respecto a la era preindustrial –hemos superado esa línea roja en el promedio de 3 años seguidos– no se resuelve únicamente con coches eléctricos. El nuevo mundo, del que España por ubicación geográfica es epicentro, exige repensar la movilidad. 

Lo explica Mónica Núñez, consultora en comunicación estratégica y sostenibilidad: «Reducir emisiones sigue siendo imprescindible, pero no suficiente. Una movilidad baja en carbono que ignore el confort térmico o la seguridad puede resultar, sencillamente, impracticable». Basta con poner la lupa en las vulnerabilidades de los tipos de transportes para entender que ya no es suficiente mantener un discurso centrado en la eficiencia de la movilidad. Urge la adaptación de las infraestructuras y repensar cómo y cuánto nos movemos.

Trenes expuestos a impactos

Como bien se sabe, el tren es considerado el medio de transporte masivo más limpio y sostenible, al emitir hasta ocho veces menos CO2 por pasajero/km que el transporte por carretera o avión. Los trenes eléctricos, alimentados por energías renovables, son una pieza clave en la descarbonización del transporte a nivel mundial.

Sin embargo, su infraestructura es muy vulnerable al clima extremo. A finales de enero, el Administrador de Infraestructuras Ferroviarias (Adif) tuvo que suspender la circulación entre las localidades de Villa del Río y Montoro (entre Córdoba y Jaén) por la acumulación de agua de lluvia y la caída de otro muro de contención. Lo mismo ha pasado en los últimos veranos con los incendios forestales, alimentados por las olas de calor y por territorios muy secos. En agosto, los trenes de alta velocidad entre Madrid y Galicia estuvieron una semana interrumpidos. En 2022, en un vídeo que se hizo viral, un pasajero del tren que viajaba de Ferrol a Madrid grabó las llamas a su paso por Zamora. Los vagones quedaron a escasos metros del incontrolable fuego.

Más silencioso es el impacto del aumento de las temperaturas. Las olas de calor están provocando –tanto en España como en otros países de Europa– que los raíles de acero se deformen, obligando a los operadores ferroviarios a reducir la velocidad o detener los trenes cuando hace mucho calor. En julio de 2022, en el País Vasco, con termómetros que superaron  los 35 ºC, las vías se llenaron de «garrote», como se conoce en la jerga ferroviaria a la dilatación de los materiales que provoca la deformación del raíl. Un tren con 100 pasajeros descarriló. A raíz del incidente, se realizó una revisión de toda la infraestructura de la región. Se detectaron 18 puntos con alto riesgo de deformación. 

Coche: causa y consecuencia

Según el Observatorio de Sostenibilidad, España incrementó sus emisiones en 2025 en un 0,6% pese a la expansión de las energías renovables. ¿Una explicación? La gran cantidad de CO2 que sigue desprendiendo la movilidad fósil. Y si bien el año pasado se superó el hito de matriculación de 100.000 coches 100% eléctricos, el parque automotor español sigue siendo a diésel y gasolina.

Como se explica en el informe Umbrales de riesgo por cambio climático en las infraestructuras viarias en España (2023), la variable climática que tiene mayor relevancia para las infraestructuras de transporte son la precipitación en todas sus formas y, en menor proporción, las temperaturas extremas y las oscilaciones térmicas a lo largo del día.

Coches apilados tras el impacto de la dana en València en octubre de 2024. E.P. /ABACA vía Reuters Connect

«Estas variables climáticas -se explica- son las desencadenantes de impactos directos en los activos de las infraestructuras de carreteras, como desbordamiento de las obras de drenaje transversal (ODT) o puentes, que en los casos más extremos pueden arrastrar tableros y pilas o descalzar estribos o pilas y taludes. En ocasiones, llegan a interrumpir la prestación del servicio, cortando el acceso a ciertos tramos de las carreteras e incluso dejando poblaciones incomunicadas».

Según esta investigación, en España, el 45% de los activos viales de la red principal sufre algún tipo de impacto climático. En el ámbito urbano y periurbano, un factor que condiciona la resiliencia territorial es el nivel de «artificialización del suelo». Los suelos urbanizados, advierten los autores del trabajo, «han perdido toda capacidad de prestar servicios ecosistémicos a su entorno y al conjunto del territorio, condicionando la capacidad de drenaje de las calles y carreteras».

Avión y barco: no se libran

Los medios de transporte muy contaminantes, grandes barcos y aviones, no están exentos de los impactos del nuevo clima. A finales del pasado septiembre, un diluvio histórico azotó a Ibiza: dejó un acumulado de 200 litros por metro cuadrado en dos horas. El puerto quedó totalmente inundado y los cruceristas tuvieron que bajar de los barcos con las maletas a cuestas y el agua por encima de las rodillas.

En los últimos años, muchas embarcaciones quedaron atrapadas en medio de violentas tormentas en el Mediterráneo, con reporte de pasajeros heridos y naufragios mortales, como el ocurrido en agosto de 2024, en las costas de la provincia italiana de Palermo, cuando el barco de un grupo de multimillonarios –entre ellos Mike Lynch, uno de los empresarios tecnológicos más conocidos del Reino Unido, y Jonathan Bloomer, presidente de Morgan Stanley International– se hundió por rágafas de vientos de más de 100 kilómetros por hora.

La aviación también ve alterado su funcionamiento por la crisis climática. En diciembre, en Argentina, el derretimiento de una pista del aeropuerto de Buenos Aires por el excesivo calor –casi 40ºC– provocó demoras y desvíos que afectaron a miles de pasajeros en pleno inicio de la temporada de verano. Algo similar ocurrió hace tres años en Reino Unido, en el aeropuerto de Luton, al norte de Londres. El calor deformó algunas zonas de la explanada, convertida en una enorme sartén por una temperatura récord que escaló a los 36 ºC.

Arriba, sobre los aviones, el aumento de las temperaturas y su efecto en las corrientes en chorro está causando cada vez más turbulencias, que han aumentado un 55% desde el año 1979, según indica una investigación del departamento de Ciencias Atmosféricas de la Universidad de Reading (Reino Unido). Se prevé, asimismo, que las turbulencias se tripliquen en todo el mundo para la década de 2050 y que tengan un impacto importante en las rutas de Asia Oriental y el Atlántico Norte.

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